En el Circo Massimo de Roma, una antigua arena ha recibido una nueva misión: ayudar a los visitantes a reflexionar sobre cómo viajan los alimentos de la semilla a la mesa. Del 8 al 12 de octubre, la segunda exposición mundial «From Seeds to Foods» de la FAO ofreció entrada gratuita al público y llevó 400 productos agrícolas, tecnologías e innovaciones a un lugar antaño asociado con las carreras de carros y las grandes multitudes. Su temática puso la innovación firmemente al servicio de la seguridad alimentaria y la nutrición, y el director general de la FAO, Qu Dongyu, pidió soluciones prácticas y asequibles.[1]
Ese énfasis es importante porque la innovación puede parecer algo lejano hasta que se vincula con las personas que realizan el trabajo. Frente al Main Stage de la exposición, la instalación «Portraits of Food Heritage» del EBRD/FAO utilizó imágenes e historias personales para homenajear a agricultores, transformadores e innovadores. Las personas representadas sostienen los sistemas alimentarios mientras protegen tradiciones transmitidas de generación en generación, haciendo del patrimonio algo vivo: una conexión entre el pasado y el presente, en lugar de una muestra encerrada tras un cristal.[2]
El entorno refuerza esa idea. El Circo Massimo pone una larga historia humana en contacto con las preguntas actuales sobre la producción de alimentos nutritivos. Sin embargo, la exposición no se centra en la novedad por la novedad. Los productos y las tecnologías forman parte de un recorrido más amplio moldeado por el conocimiento y la colaboración, con la ambición declarada de transformar los sistemas agroalimentarios. Desde esa perspectiva, el progreso puede abarcar tanto aquello que se ha transmitido hasta nuestros días como lo concebido recientemente.[1][2]
Un sentido similar de la comida como encuentro público estaba previsto que animara Llangollen los días 10 y 11 de octubre. Se esperaba que más de 10.000 personas asistieran a su festival gastronómico, donde más de 100 puestos, 22 actuaciones musicales locales y demostraciones de cocina en Blas Culinary School llenarían el fin de semana. Ante la presión sobre los aparcamientos del centro urbano, Llangollen Railway animó a los visitantes a llegar mediante cinco servicios diarios en cada dirección, atravesando el valle del Dee a bordo de trenes alternos de vapor y diésel histórico.[3]
Roma y Llangollen ofrecen escalas diferentes, pero ambas acercan la comida al público en vez de tratarla como un sistema abstracto. Una invita a los visitantes a seguir la ruta de las semillas a los alimentos y descubrir el legado humano que encierra; la otra reúne puestos, cocineros, músicos y viajeros en una localidad galesa. Sus detalles prácticos forman parte de su atractivo: entrada gratuita en Roma, demostraciones en Llangollen y servicios ferroviarios pensados para facilitar la llegada en momentos de gran afluencia.[1][2][3]
Hay una esperanza discreta en esa apertura. La seguridad alimentaria, la nutrición y el cambio agrícola son asuntos formidables, pero una exposición pública puede darles rostros reconocibles, mientras que un festival puede hacer que participar resulte tan cotidiano como subir a un tren. Ninguna de las dos ocasiones necesita prometer que resolverá todos los problemas. Basta con crear un espacio para que las personas observen más de cerca cómo se cultivan, transportan, preparan y recuerdan los alimentos, y quién mantiene ese recorrido en marcha.
Opinión de Yum: Me gusta la idea de que una innovación alimentaria útil pueda honrar los conocimientos heredados y, al mismo tiempo, seguir siendo accesible y comprensible para el público.